El Congreso de Libreros: diagnóstico de problemas y debate sobre posibles soluciones

[Publicado en ‘Libros de Babel’]

Congreso de Libreros de Sevilla

Fotos: Belén Vargas

Como en todos los sectores, los congresos sirven para poner en contacto a profesionales de distintos campos y distintas localizaciones geográficas, para poner cara a esos que tal vez se conozcan sólo por teléfono o medios electrónicos, para descubrir que unos y otros lidian a diario con los mismos problemas, para buscar soluciones a esos problemas, para intercambiar puntos de vista, para aprender. Por eso citas como el Congreso de Libreros son necesarias, sobre todo si han pasado siete años desde el anterior, siete años duros para el mundo del libro y las librerías en los que muchos se han quedado por el camino pero otros muchos más siguen adelante, sobreviviendo, que no es poco.

Sin embargo, como en tantos otros encuentros de este tipo, tampoco en la cita que se ha celebrado estos días en Sevilla se han hallado recetas mágicas para llenar las librerías de clientes (y sus bolsas de libros), o para aliviar la carga administrativa que soportan los libreros, o para que las editoriales dejen de abrumarles con decenas de nuevos títulos cada semana, muchos de los cuales son devueltos casi sin haber salido de las cajas.

Pero algo sí se ha avanzado. Libreros, editores, distribuidores y representantes de las instituciones han debatido, compartido mesas redondas (y muchas charlas privadas durante los descansos) y ya tienen una idea más certera de lo que unos y otros pueden hacer para que todos los eslabones de la cadena trabajen juntos y mejor que hasta ahora.

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Las librerías, espacios dinamizadores de la cultura

[Publicado en ‘Libros de Babel’]

El XXIII Congreso de Libreros arranca en Sevilla con un acto institucional en el que se destacó el papel de las librerías como espacios culturales y se defendió la necesidad de establecer sinergias en el sector.

Inauguración Congreso de Libreros

El XXIII Congreso de Libreros ha comenzado este miércoles en Sevilla con un acto en el que se ha resaltado la importancia de las librerías como espacios de encuentro cultural y se ha incidido en la necesidad de “compartir ideas y apostar por alianzas entre las instituciones públicas y privadas”, como ha señalado Juancho Pons, presidente de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (Cegal).

La sesión inaugural ha tenido lugar en la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo y en ella han participado también Óscar Sáenz de Santa María Gómez-Mampaso, director general de Industrias Culturales y del Libro del Ministerio de Educación y Cultura, y Antonio José Lucas, director general de Innovación Cultural y del Libro (Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía).

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Marian Keyes y la escritura como terapia

[Publicado en ‘Libros de Babel’]

La autora irlandesa regresa a las librerías españolas con ‘Una pareja casi perfecta’, su primera novela en tres años.

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Hay quienes, como Alejandro Palomas, creen que un autor debe sentarse a escribir con la terapia ya hecha, sin valerse de su obra para exorcizar traumas o demonios. Pero para otros narradores la ficción es un vehículo perfecto para alejar de sí problemas, tragedias o pesadillas. Porque, al igual que un ser querido puede salvarte la vida, también puede hacerlo un libro, ya sea al leerlo o al escribirlo.

Es el caso de Marian Keyes, cuya última novela, Una pareja casi perfecta, acaba de llegar a las librerías españolas y para quien la escritura ha sido un salvavidas que la ha mantenido a flote, no sin altibajos, desde que empezó a componer relatos a principios de los años 90. Entonces Keyes (Limerick, Irlanda, 1963) luchaba contra su alcoholismo, la ansiedad, la depresión y un intento de suicidio. En 1995 ingresó en una clínica de rehabilitación (sigue sobria desde entonces) y fue entonces cuando comenzó a escribir unos relatos que, sin demasiadas esperanzas (como ella misma ha confesado, su autoestima es escasa), envió a una editorial. Lejos de rechazarlos, el editor la animó a escribir algo más largo. El resultado fue su primera novela, Claire se queda sola (Watermelon), con la que inició la serie que dedicaría a las hermanas Walsh, una exitosa carrera literaria y, lo que es más, hasta un género, el chick-lit, al que se adscriben también las novelas de Helen Fielding sobre Bridget Jones y otras muchas, con frecuencia inferiores a las publicadas por Keyes.

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Anagrama reedita con nuevas portadas ‘Lolita’ y otras dos obras de Nabokov

[Publicado en ‘Libros de Babel’]

Detalle de la nueva portada de 'Lolita' en Anagrama

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-lita: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”.

Lolita, de Vladimir Nabokov

Hace un par de años publicamos un pequeño artículo sobre las portadas que a lo largo de los años había tenido la novela más popular de Vladimir Nabokov, Lolita, con motivo de un reportaje en New Yorker que incluía una galería de imágenes con algunas de las propuestas de diversos diseñadores para la cubierta de la novela (lo que se llamó el Lolita Book Cover Project) y una entrevista a John Bertram, autor de Lolita – The Story of a Cover Girl, un volumen sobre la historia y la evolución de las portadas de la obra.

En esa pieza hablábamos también de cómo las editoriales habían ignorado sistemáticamente desde la primera aparición de la novela las instrucciones de Nabokov para su portada, entre las que se encontraba una muy clara: nada de niñas o representaciones de niñas. El autor ruso quería que la cubierta fuese reflejo de lo que narraba en sus páginas, y en ellas el protagonista era Humbert Humbert y Lolita, el objeto de su deseo. Pero las portadas de la novela nada tenían que ver con las indicaciones del escritor, sobre todo después de la adaptación que de ella hizo Stanley Kubrick, cuya Lolita era una sensual adolescente y no la niña de 12 años que creó Nabokov.

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